¿Necesitamos realmente la política?

En nuestro día a día estamos hartos de oír hablar de la famosa política, tanto que un gran porcentaje de la población ha tirado la toalla en cuanto a participación en la misma. Este hecho es completamente comprensible puesto que los representantes políticos que hay en nuestro país (y en muchos otros) no se dedican, irónicamente, a hacer política, sino a jugar con ella.

Cambiando la perspectiva

¿Qué es, en realidad, la política?

Si bien es cierto que hay muchas maneras de definir la política, nosotros vamos a utilizar la definición de Vallès y Puig, es decir, la vamos a considerar una práctica colectiva que llevan a cabo los miembros de una comunidad para regular conflictos entre grupos y que tiene como resultado la adopción de decisiones que dichos miembros están obligados a acatar (Vallès et al., 2015). Partiendo de esta definición, ya podemos plantearnos la pregunta “¿necesitamos realmente la política?”

En su manual sobre Ciencia Política, Vallès y Puig explican el surgimiento del conflicto como algo inevitable en sociedades lo suficientemente complejas como para albergar diferencias sociales relevantes. Según estos autores, estas diferencias inherentes al ser humano unidas su predisposición hacia la sociabilidad (tendencia a agruparse) generan un caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de conflictos debido a que, de manera mayoritaria, aquel que goce de una posición aventajada tenderá a intentar conservarla, mientras que aquel que esté en situación de desventaja tenderá a intentar mejorarla o a evitar, al menos, la exclusión social. Además, habrá personas que independientemente de su posición social y económica estarán en desacuerdo con la distribución de los recursos y lucharán por defender aquello en lo que creen.

Si una sociedad es capaz de regular por sí misma, sin necesidad de una obligatoriedad explícita, estos conflictos, podríamos pensar entonces que no necesita la política. Hay otras formas de regulación social que pueden ser más que suficientes para resolver conflictos, como pueden ser la fidelidad familiar, la cooperación o el mercado sin intervención estatal. Ahora bien, para que estas formas de regulación social y económica funcionen, debe existir una complejidad limitada y una gran confianza en todas las partes implicadas.

¿Están estas cualidades presentes en nuestra sociedad?

Definitivamente, no. Ya antes de la Revolución Industrial las sociedades humanas albergaban una gran complejidad, ese acontecimiento supuso un cambio cualitativo que trastocó por completo el orden social que existía hasta entonces y aumentó enormemente la complejidad de las relaciones sociales y económicas entre individuos (hablaremos de esto en otra entrada), pero definitivamente los últimos años han sido los más impactantes en cuanto al nivel de complejidad social que tratamos. La creciente comunicación, ya no solo entre países, sino también entre individuos de todas las partes del mundo, y la informatización y digitalización de gran parte de los procesos sociales ha supuesto un cambio radical en la forma que tenemos de relacionarnos. A medida que aumenta el número de entidades activas que hay en un sistema, aumenta también el número de factores a tener en cuenta para regularlo. Ya no solo hay que tener en cuenta el número de personas y recursos que hay en un país, sino, además, un sinfín de variables de tipo cuantitativo y cualitativo (e incluso especulativo) no solo dentro del propio país, sino también fuera del mismo.

Es muy difícil, por no decir imposible, conseguir que todos los miembros de una comunidad tan grande y compleja como la nuestra estén de acuerdo en la forma de gestionar cualquier situación en la que estén implicados. Eso sin mencionar el tema de la confianza, cualidad prácticamente inexistente en un sistema capitalista que, por definición, incita al beneficio propio en detrimento del ajeno o del colectivo.

La política surge entonces como vía para encontrar alternativas que se acerquen todo lo posible a ese beneficio colectivo, llegando a una serie de acuerdos (leyes) aceptados por quienes tienen el poder (en sociedades democráticas elegidos, supuestamente, por el pueblo) que implican un carácter vinculante, es decir, que los miembros de la comunidad en cuestión están obligados a acatar una vez se aprueben. Esta vinculación forzosa es la que distingue a la política de otras formas de regulación social.

Si hablamos de ideales, muchos estaremos de acuerdo en que la libertad de decisión debe primar en cualquier vida, y también podemos estarlo en que una sociedad basada en la cooperación y la generosidad en la que no sea necesaria una intervención coercitiva por parte del Estado es mucho más atractiva que una sociedad basada en las limitaciones y la desconfianza. Sin embargo, en una cuestión tan relevante como esta creo que todos debemos forzarnos a poner los pies en el suelo y a observar, y lo que veremos será, entre otras cosas muy positivas, un clima de competitividad y egoísmo fomentado por ciertos sistemas de gestión de recursos que están abarcando el mundo entero y condicionando todas nuestras relaciones, ya no solo económicas, sino también sociales y, además, nuestra individualidad, es decir, nuestros procesos cognitivos, emocionales y motivacionales, y esto es algo que reduce enormemente las posibilidades de encontrar un equilibrio amistoso entre los miembros de una sociedad.

Como conclusión podemos asumir que la política no es algo necesario per se, es algo útil y eficiente en algunos contextos y algo completamente innecesario, incluso desfavorable, en otros. Tal y como ha ido evolucionando la sociedad, no creo que podamos asumir que somos capaces de regularnos solos, pero esto no implica que tengamos que conformarnos con la forma que hay de regulación social. Hay un amplio espectro de posibilidades en el ámbito de la política que van desde una mínima intervención estatal hasta una dictadura, desde una economía basada en la distribución equitativa de recursos a una economía basada en la libre competencia y el individualismo, pasando por múltiples variables que van conformando poco a poco sistemas de gran complejidad. Dependiendo de los ideales que se tenga se puede preferir un tipo de política u otro, lo relevante aquí es que todas y cada una de las personas que habitan en una sociedad tengan la posibilidad de decidir y el conocimiento necesario para hacerlo, dando lugar así a sociedades participativas en las que el sistema político realmente represente a la mayoría (porque la totalidad es una utopía) de sus ciudadanos.

Invito, por tanto, al lector, y especialmente al lector cansado de tanto paripé en el ámbito de la política, a plantearse qué tipo de regulación social creería que es más adecuado para la sociedad en la que vive y cuál podría ser una manera (aunque parezca idealista o utópica) de conseguirlo.

REFERENCIAS:

Vallès, J.M. y Puig, S.M. (2015). Ciencia Política. Un manual. Editorial Planeta, S.A. España.

Publicado por Andrea Sánchez González

Estudiante de psicología y ciencias políticas.

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