La indefensión aprendida

La indefensión aprendida es uno de los fenómenos más estudiados en psicología debido a su gran incidencia en la población general. Si bien no se considera una patología en sí, se trata de un síntoma que puede servir como factor de predisposición de algunas patologías mentales graves como la depresión y, en cualquier caso, reduce nuestra emocionalidad positiva y nuestras oportunidades de éxito.

Seligman (1975) fue el primero en definir este concepto. En términos generales, podríamos entender la indefensión aprendida como una pérdida generalizada de la motivación para llevar a cabo respuestas causada por una percepción de incontrolabilidad sobre nuestro entorno.

Al exponernos de manera prolongada a situaciones de fracaso en las que una acción no tiene los efectos que esperamos sobre el entorno, asumimos que somos incapaces de controlarlo y dejamos de intentarlo. El resultado de la indefensión aprendida es la pasividad.

¿Qué consecuencias negativas tiene?

Además del déficit en la motivación, que suele generalizarse al resto de los ámbitos de nuestra vida, se da un déficit cognitivo debido a que dejamos de estar dispuestos a aprender de las consecuencias de nuestras acciones, produciéndose sentimientos de miedo y síntomas depresivos (Miller y Seligman, 1975). Estas consecuencias suelen ir ligadas, también, a importantes deterioros en la autoestima (Abramson et al., 1978).

En experimentos posteriores a la propuesta de Seligman, algunos autores descubrieron que hay ciertas características de la personalidad que aumentan la probabilidad de que una persona experimente indefensión aprendida, relacionadas principalmente con el estilo de atribución que tenga (Abramson et al., 1978).

¿Qué es el estilo de atribución?

De manera natural, nuestro sistema cognitivo interpreta la realidad de un determinado modo para aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. En otras especies animales, los factores cognitivos y emocionales no son tan relevantes a la hora de determinar su supervivencia, pero en el ser humano un nivel de autoestima inadecuado o una emocionalidad negativa persistente pueden suponer la muerte del individuo.

Por este motivo, es de vital importancia la existencia de sesgos cognitivos, es decir, distorsiones en la interpretación de la realidad que nos ayudan a proteger nuestra autoestima y mantener una idea de estabilidad y coherencia en nuestras vidas.

El estilo atribucional es la explicación que se da a sí mismo un sujeto acerca de lo que sucede en su entorno, es la tendencia que tiene a explicarlo por medio de unas causas u otras. Lo más habitual es tener un estilo atribucional que consiste en ligar los fracasos que experimentamos a causas externas, inestables y específicas (ej.: si nos sale mal un examen, pensamos que es porque el profesor ha tenido un mal día y ha corregido mal nuestro examen) y los éxitos a causas internas, estables y globales (ej.: si nos sale bien un examen, pensamos que es porque somos inteligentes).

Hay personas que, sin embargo, y por causas muy variadas, tienen un estilo atribucional opuesto, que consiste en ligar los fracasos que experimentan a causas internas, estables y globales (ej.: si me sale mal un examen, es porque soy un inútil y no sé hacer nada bien) y los éxitos a causas externas, inestables y específicas (ej.: si me sale bien un examen, será porque era demasiado fácil o porque el profesor ha sido compasivo y me ha puesto buena nota). Este estilo de atribución se relaciona directamente con una emocionalidad negativa, aumentando enormemente las probabilidades de experimentar indefensión aprendida (Abramson et al., 1978) y está muy presente en personas que padecen depresión.

Según Beck (1979), la depresión es en gran medida el resultado de una interpretación inadecuada de los acontecimientos y situaciones que tiene que afrontar el sujeto y se explica principalmente a través de 3 factores cognitivos:

>>Pensamientos automáticos negativos sobre uno mismo, el mundo y el futuro (lo que se llama la triada cognitiva negativa)

>>Sesgos cognitivos que tienden a infravalorar a la propia persona (entre los que se encuentra el estilo atribucional mencionado).

>>Esquemas cognitivos depresógenos: los esquemas cognitivos son representaciones cognitivas duraderas, creencias centrales, formadas a partir del conocimiento y las experiencias previas, sobre todo en edades tempranas, que dirigen todo el procesamiento de la información en nuestro cerebro. Tendemos a codificar y almacenar preferentemente la información consistente con dichos esquemas y a ignorar la inconsistente. Los esquemas cognitivos depresógenos son más rígidos, impermeables y concretos y su contenido consiste en actitudes disfuncionales y creencias irracionales respecto a uno mismo poco adaptativas.

La indefensión aprendida contribuye a reforzar estos tres factores y tiene, por tanto, la capacidad de empeorar la sintomatología depresiva en caso de que ya exista e incluso de desarrollarla.

El primer estilo atribucional presentado se relaciona directamente con una emocionalidad positiva y bienestar psicológico a corto plazo. Para prevenir la indefensión y la depresión, sin embargo, lo mejor sería adoptar un estilo atribucional que implique una toma de responsabilidad sobre nuestras acciones: atribuir los fracasos que experimentamos a causas internas, inestables y específicas (ej.: si me ha salido mal un examen, será porque no lo he preparado lo suficientemente bien, por lo que si preparo mejor el siguiente probablemente me salga también mejor) (Abramson et al., 1978). Este estilo atribucional nos incita a aprender de nuestros errores y a buscar mejores resultados protegiendo, al mismo tiempo, nuestra autoestima.

Otro sesgo perceptivo muy habitual es el de ilusión de control, es decir, la tendencia a creer que tenemos más control del que realmente tenemos para protegernos frente a la ansiedad que supone un futuro incierto (Langer, 1975). Lo cierto es que la incertidumbre forma parte de nuestras vidas, pero no todos somos capaces de aceptar esto sin experimentar ansiedad o miedo. Si nos acomodamos demasiado en esa ilusión de control, seremos más vulnerables a desarrollar indefensión aprendida cuando sintamos que lo hemos perdido. Si estamos acostumbrados a lidiar con la frustración que supone no tener siempre el control de nuestras vidas, desarrollaremos una persistencia y una resiliencia que nos protege y nos ayuda a conseguir en mayor medida nuestros objetivos y mantener una emocionalidad positiva más a largo plazo (Amsel, 1967).

Entonces, ¿hay soluciones?

Según lo que hemos comentado hasta ahora, podemos concluir que es posible prevenir la indefensión aprendida revisando y reforzando nuestra forma de procesar la información, cambiando aquellos esquemas cognitivos disfuncionales e intentando desarrollar estilos atribucionales que nos permitan aprender de nuestros errores sin dejar de valorarnos de una forma positiva. La idea es cultivar nuestra autoestima sin llegar a acomodarnos en un autoengaño pasivo.

Por otro lado, es conveniente que las personas que ya han desarrollado esa indefensión traten de salir de esa zona de confort en la que “si no lo intento, no fracaso” y de hacer conscientes esos estilos de atribución causal en las situaciones que experimentan, intentando modificar la perspectiva de una forma que facilite el crecimiento personal en lugar de limitarlo.

Algunos estudios han demostrado que una mayor exposición a situaciones controlables ayudaría a los sujetos a mostrar menos los déficits característicos de la indefensión (Bernabé et al., 1992), por lo que ponerse a uno mismo en situaciones en las que la capacidad de decisión es mayor y experimentar de nuevo esa sensación de toma de control sobre los propios actos puede ayudar a romper esa generalización cognitiva que se había hecho sobre la incontrolabilidad de las situaciones.

REFERENCIAS:

Abramson, L. Y., Seligman, M. Teasdale,J. D. (1978). learned helplessness in humans: Critique and reformulatiom. Joumal of Abmormal Psychology, 87, 49-74.

Amsel, A. (1972): Behavioral habituations, conterconditioning, and persistence. En A. Black y W. K, Prokuy (Eds.), Classical conditioning II, Nueva York, Appleton-Century-Crofts.

Beck, A.T., Rush, A.J., Shaw, B.F. y Emery, G. (1979). Cognitive therapy of depression. Nueva York: Guilford.

Bernabé, J. R. Y., & Malmierca, J. L. M. (1992). Indefensión aprendida en sujetos humanos y su inmunización. Influencia del estilo atribucional y de los programas de reforzamiento. Revista Latinoamericana de Psicología, 24(3), 301-321.

Langer, E.J. (1975). The illusion of control. Journal of Personality and Social Psychology. 32, 311-328.

Miller, W. R., & Seligman, M. E. (1975). Depression and learned helplessness in man. Journal of abnormal psychology, 84(3), 228.

Seligman, M. (1975). Helplessness: On depression, development and death. San Francisco, Freeman.

Publicado por Andrea Sánchez González

Estudiante de psicología y ciencias políticas.

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